dimecres, 13 de setembre de 2017

MI GRAN VIAJE EUROPEO: Capítulo V (Florencia y el retorno a Roma)


"È tutto sedimentato sotto il chiacchiericcio e il rumore. 
Il silenzio e il sentimento. 
L'emozione e la paura. 
Gli sparuti incostanti sprazzi di bellezza."


12 de julio (12:00 a. m.)


Hay cosas que no desearía ni al peor de mis enemigos, una de ellas es aguardar un autobús bajo el sol en la decadente estación de Tiburtina. El calor es agobiante y  la espera interminable. Pasado mucho rato, y tras recorrer todos los puestos de información habidos y por haber intentando chapurrear el italiano para hacernos entender, conseguimos montarnos en el bus que nos llevará a la bella Florencia.

Las tres horas de viaje que nos separan de la Toscana transcurren relativamente rápidas. Visitar la ciudad de los Medici ha surgido como parte de un plan absolutamente improvisado por Aina y trazado, de forma impulsiva, durante las 24 horas anteriores. Criado yo en un ambiente sano y bastante formal en que cualquier viaje se planifica con su debido rigor y tiempo, recorrer media Italia en base a una especie de arrebato pasional supone algo nuevo y alentador. A ella también se la ve emocionada (inserto documento gráfico que lo demuestra): 


Llegados a nuestro destino la primera parada, obligatoria para evitar la muerte por inanición, la realizamos en un McDonald's abarrotado de turistas asiáticos con los que luchamos para conseguir un mísero sitio donde poder tomar asiento. Saciados nuestros estómagos a base de hamburguesas, alitas de pollo y patatas fritas, decidimos iniciar la visita. Lo primero que uno ve tras andar un poco por las callejuelas florentinas es el impactante Duomo. Un par de horas en la ciudad sirven para darle la razón al bueno de Stendhal: «Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. [...] me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». Nosotros, de menor profundidad espiritual y cultura literaria que el escritor francés, pronunciamos boquiabiertos un simple: «¡Joder que maco!».

Recorremos Florencia de arriba a abajo, travesamos el "Ponte Vecchio", visitamos  el "Palazzo Vecchio" y demás cosas viejas y bonitas. Pasamos un buen rato bajo la "Loggia dei Lanzi" (único punto de la plaza donde el sol no escuece) tratando de retratar el Rapto de las Sabinas de Giambologna, pese a la fatídica contraluz (enemigo habitual en las fotos veraniegas) y algún japonés inoportuno que se cuela por ahí, la foto no queda del todo mal. 

Reservamos entradas para, al día siguiente, visitar la extensa galería de los Uffizi y, cuando el Sol empieza a caer nos retiramos a nuestros aposentos. Mientras andamos por las zonas menos turísticas y transitadas de dicha urbe, no puedo parar de pensar en cómo habría sido eso de nacer allá por el Renacimiento, en aquellos tiempos en que arte y poder iban de la mano, en que la vida era algo diferente, un misterio que valía la pena tratar de resolver, una prueba, un desafío constante. Me habría encantado conocer a esos hombres que desafiaron la oscuridad del medievo para cambiarlo todo, para volver a empezar, para renacer. Esos tipos, los Medici, cuatro comerciantes venidos a más que edificaron lo que, a día de hoy, es una de las más bellas ciudades del mundo. ¿Qué coño les pasaba por la cabeza? A saber...

13 de julio

Al despertar tomamos el café junto a una pareja mallorquina que se aloja en la habitación de al lado. Creo firmemente que, el catalán hablado con el acento de "ses illes", es el sonido más dulce con el que uno puede despertarse. El tiempo no nos sobra, así que veloces como el rayo nos dirigimos al museo. La Venus de Botticelli, a la que la perversa Aina acusa de fea y desproporcionada, sigue allí donde su fantástico autor la dejó. El rojizo pelo de Simonetta Vespucci ondea al viento frente a la atenta mirada de los millares de turistas que recorren kilometros y kilometros para admirar su perenne belleza de ninfa. Incluso los ciegos tienen a su alcance una panel que incluya la versión táctil de la obra (nadie merece perderse tal joya).


Debido a sus incontables enemigos, generados tras décadas de ferviente lucha política, Dante fue condenado al destierro de su ciudad natal. El pobre hombre fue obligado a abandonar Florencia a principios del siglo XIV y solo ahora, a bordo de un autobús cuyo WiFi se resiste a funcionar, consigo comprender su profundo dolor. Volvemos a Roma.


Caída la noche, salimos a celebrar el cumpleaños de Aina, nuestro regalo: una botella de Limoncello. Andamos durante más de una hora y acabamos en el Trastevere donde socializamos con un grupo de jóvenes de nuestra quinta. Yo, que he ingerido más de la meitad de la botella, debo parecer un absoluto imbécil, pese a ello, los romanos son exquisitamente agradables conmigo. Tras la marcha de gran parte del grupo, nos quedamos hablando con Luca (un camello cinéfilo y perfecto ejemplo de lo que sería el Lazarillo de Tormes de haber nacido en la Italia del siglo XXI) y su amiga, de la que no recuerdo el nombre, una chica encantadora (de padre ruso y madre libanesa) que ejerce de traductora en nuestra charla de beodos.

14 de julio: "Arrivederci Roma"


Mi última tarde romana decido consumirla en el Jardín de los Naranjos. Me siento en césped, a mi lado unos alemanes juegan a cartas, un par de monjas pasean con un par de curas y alguien toca la guitarra. Aconsejado por el bueno de Luca decido tomarme un helado en el Bar San Calisto. Por el precio de un euro degusto un exquisito helado de limón mientras disfruto de la compañía de un par de borrachos de Sidney, uno de los cuales confiesa estar secretamente enamorado de la reina Letícia mientras se empeña en ofrecerme una cerveza.

Abandonamos la ciudad inmortal a toda prisa, no hay tiempo que perder. "Tornem a casa, si és que mai n'hem tingut."


SINTIÉNDOLO MUCHO, NO CONTINUARÁ.



dijous, 7 de setembre de 2017

MI GRAN VIAJE EUROPEO: Capítulo IV (Roma)




4 de julio

Escribo frente al "Tempietto di San Pietro in Montorio", la más bella edificación hecha jamás por el hombre y única cosa que se puede agradecer a esa fascista pareja de fanáticos religiosos que la historia ha recordado como Reyes Católicos.

En contraste con lo que se pueda creer o pensar, si Berlín era un hervidero, Roma es la calma hecha ciudad. Cierto es que el picaresco carácter italiano convierte la protección de mi cartera en una de mis principales ocupaciones, pero la calma de iglesias y templos hace de mi estancia aquí una especie de paraíso terrenal. Paseo solitario bajo el ardiente sol romano. Soy todo calma.


5 de julio

El Panteón de Roma parece cualquier cosa menos una iglesia. Los altavoces piden silencio en cinco lenguas distintas. Nadie parece hacerle caso. Turistas de todos los rincones del mundo se agolpan bajo la agujereada cúpula, hablan, gritan, se abanican compulsivamente, fotografían (con o sin flash) todo aquello que pueda ser fotografiado, discuten entre ellos y hay algunos que incluso rezan. Una señora filipina se retrata con un palo "selfie" frente al altar, acto seguido se arrodilla, se santigua y emprende el camino de salida. Mientras tanto, los restos inertes de Rafael se conforman con observar tal esperpéntico recital durante el resto de la eternidad.

6 de julio

Huelga a la italiana. El metro no funciona, centenares de personas se agolpan en la estación del autobús sin estar demasiado seguros de si este llegará en algún momento. Muerto de calor espero la llegada del 490. Estamos a 30°C, con sensación térmica de 32°C. Son las 11:16 en Tiburtina (barrio periférico que parece una versión coqueta de mi Hospitalet natal), mañana es viernes.

Cansado de esperar opto por recorrer los 3,5 Km que me separan del centro de la ciudad usando el coche de San Fernando (entiéndase "un ratito a pié y otro caminando"). Mi "outfit" italiano (pantalón largo y camisa + gafas de sol + sonrisa falsa + cara de mala leche) me permite adaptarme al entorno y no ser presa fácil para carteristas y demás estafadores de poca monta.

Bajo el insoportable calor, que ahora roza los 35°C llego, por fin, a la Villa Borghese donde pretendo detenerme y pasar un buen rato dedicándome al "dolce far niente". Sin darme cuenta, me quedo dormido en un banco, cual mendigo, y, al despertar, entro a visitar el famoso museo de dicha villa. De entre su gran número de obras destacan un par de esculturas de Bernini y la preciosa representación de Paulina Bonaparte realizada por Antonio Canova. Lo demás es prescindible... 8,5€ que no se si han estado bién o mal invertidos.

Cuando el astro rey inicia su declive me siento a escribir bajo los pinos, frente a un viejo y olvidado circo romano, vestigio de otra era, de un mundo más bello y cruel. Las gotas de una fuente cercana caen sobre las páginas de mi diario. Aina mira el suelo, luego los pinos, más tarde el horizonte. La fuente canta, impasible, lo demás es silencio. Silencio antiguo y triste, bonito.

Llegada la noche Martina nos cuenta como, tras tomar un bus que debía llevarla al centro de Roma, acabó en un remoto lugar cercano a Nápoles del que no recordaba el nombre. Según su versión de los hechos, durante tal viaje trazo amistad con personas tan dispares como un jeque catarí, un soldado italiano y una anciana que afirmaba conocer el lugar donde se encontraba una fuente de agua con propiedades milagrosas. Eso sí que es turismo alternativo...

7 de julio

Tras ser brutalemente atracado por una agencia turística local, visito (sin necesidad de recorrer las insoportables colas de acceso) los museos vaticanos y la terriblemente famosa Capilla Sixtina. Todo muy bonito y caro (40€ directos al plan de pensiones de mi querido Papa Francisco). Pese a ser consciente de que he sido impunemente estafado abandono el estado más pequeño del mundo dotado de cierta áurea celestial. Camino un buen rato y, puestos ya a derrochar, me dirijo a un restaurante carísimo para gastarme 3€ en un café y leer un rato.

“Il caffè è il balsamo del cuore e dello spirito”
-Giuseppe Verdi

Creo estar disfrutando de mis Vacaciones Romanas como una especie de Audrey Hepburn travestida y con barba.

8 de julio

Mato al Lobo Estepario en el jardín de los naranjos. La vista del Tíber transmite paz y serenidad. Es sábado y todo el mundo decide casarse, aprovecho para colarme en un par de ellas y acabo invitando a uno de los invitados a un cigarrillo. Luego visito unas cuantas basílicas más y me detengo a rezar una oración a la "Madonna di sant'Alessio" (virgen particularmente horrorosa, como se puede ver en la siguiente imagen).


El párroco de la iglesia me mira con aprobación, yo le saludo educadamente y me marcho por donde he venido. Mañana marchamos hacia un camping.

9, 10 y 11 de julio

Los siguientes días transcurren en un camping. Nada destacable. Pasamos los días en la piscina frente a la atenta mirada de un socorrista cuarentón que intenta seducir a las chicas de forma bastante lamentable. A mi el tipo me resulta simpático, incluso pasamos un par de horas hablando de política y literatura, pero entiendo que ellas estén hartas de sus miradas lascivas. Leo incansablemente y me chamusco parte del hombro (mi piel no es amiga del sol). Nos hacemos amigos de un grupo de holandeses (una pareja mayor y un cuñado hippie) con los que pasamos un par de noches bebiendo vino y charlando.

A Aina se le ocurre una pequeña excursión de dos días a Florencia. Acepto sin dudarlo. Pero eso ya es otra historia...

CONTINUARÁ...


dissabte, 2 de setembre de 2017

MI GRAN VIAJE EUROPEO: Capítulo III (Berlín)


del 27 de junio al 3 de julio

La ciudad triste, 
la capital del muro, 
la sombra del fantasma marxista 
acribillada por una enfermiza paranoia de vida nocturna y música ruidosa.



Templo de frío y horror, 
lápida de un pasado vergonzoso, oscuro, siniestro, de un presente que lucha por olvidarse.



Berlín, cárcel en perpetua construcción, de espera, de cierto tipo de soledad inexplicable. Siempre recordaré mis improvisados paseos bajo la lluvia en Unterderlinden y nuestra estancia en Müllerstraße, en la casa de Bernadete (casera de dudosa moral y desconocido oficio), con esa lavadora incapaz de funcionar correctamente, ese olor de humedad y esa cansancio acumulado tras dos semanas de viaje.

Algo de mí se quedó impregnado en las paredes de las faraónicas construcciones soviéticas, en los cafés aguados, en cierta discoteca roñosa, en el ojo roto del busto de Nefertiti, en los ángeles que custodian el cielo berlinés, en Aina, que se pasó un par de días agonizando por el dolor que producen las anginas, en mis viejas bambas mojadas.

Roma será diferente, más plácida, mejor.

In Berlín, 
by the wall...

CONTINUARÁ...






dimarts, 1 d’agost de 2017

MI GRAN VIAJE EUROPEO: Capítulo II (Ámsterdam)


"Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña."

ROMANCE SONÁMBULO 

(Federico García Lorca)




22 de junio


Llegamos temprano, Marc se une a nosotros en la puerta del aeropuerto. Del abrasador calor de París hemos pasado al sombrío clima holandés. Al salir de la estación nos sorprenden la lluvia y un frío que se cala en los huesos. Ámsterdam es un lugar frenético: bicis, prostitutas, cofeeshops, canales y barcos, canales y bicis, más bicis aún. Ámsterdam es también (como una breve búsqueda histórica puede explicarnos) la capital de la tolerancia, de los prófugos, de librepensadores y judíos que huyeron de una vieja y reaccionaria Europa, la capital de Descartes y Spinoza, del matrimonio gay, del consumo libre de marihuna. La capital de todo lo que horrorizaría a Jiménez Losantos y demás filofascistas patrios.

Nuestro alojamiento se encuentra en la localidad de Koog aan de Zaan (a unos 15 Km de Ámsterdam), se trata de una guest house que compartimos con gente llegada de todas las partes del mundo: cuatro suizos, dos canadienses, un parisino, dos americanos, una madrileña, un murciano y una ingente cantidad de indios que monopolizan comedor y cocina. Cuando cae el Sol nos agolpamos en la terraza para socializar, es así que, entre porros y vasos de vino, conocemos a Max, William y Mark (no confundir con Marc) con quienes nos reencontraremos en Berlín. Ya es tarde, el casero nos ha mandado callar varias veces debido a las quejas de unos vecinos a quienes nuestra presencia parece molestar bastante (a eso no lo llaman turismofóbia), mañana será otro día.

23 de junio

El Rijksmuseum, emblema del arte neerlandés, se erige como un espeluznante castillo al fondo de la Museumplein. "La Ronda de Noche" de Rembrandt recibe al visitante con los brazos abiertos y lo teletransporta a otro tiempo, a una época de guerra, paz y conocimiento. Marc y yo nos perdemos entre pasadizos plagados de cuadros y abandonamos el museo sin saber cuanto rato hemos estado en él. Luego vamos a misa y, más tarde, acabamos en una celebración universitaria a la que llegamos por accidente.

24 de junio

Sigue la lluvia. Todo normal, dentro de la normalidad que esta ciudad permite.

25 de junio

Acompaño a Aina en su visita al Stedelijk Museum. El Neoplasticismo destruye cualquier tipo de figuración, de complejidad. Mi mente agradece tanta calma, tanto silencio, tanta serenidad. "Composition with Red, Blue, and Yellow", simple, perfecto.

Nuestras noches transcurren en un inmenso campo de fresas. "Nothing is real"

26 de junio

Tratando de hacer algo útil, decido pasear por la ciudad. En cierto momento me siento extrañamente feliz. Quizá sea el Sol (que brilla tras muchos días de lluvia), quizá una dulce resaca matutina, o quizá la soledad, la pacífica soledad del viajero. Mi paseo no deja de ser una especie de despedida, partiremos hacia Prusia, pero siempre recordaré con simpatía a los holandeses, a ese ordenado pueblo de moral distraída y exquisitos modales.


CONTINUARÁ...



diumenge, 23 de juliol de 2017

MI GRAN VIAJE EUROPEO: Capítulo I (París)


Hoy es domingo. Domingo 23 de julio. Creo que jamás un domingo ha sido tan domingo como hoy. Los vecinos del 1.º 1.ª apestan medio barrio con una ostentosa barbacoa donde se guisan costillas, chorizos y otras piezas de carne de cuyo nombre no quiero acordarme. El resto de habitantes del edificio duermen apacibles siestas mientras "La 2" emite el enésimo episodio de "Saber y Ganar". Es domingo, un domingo de julio, valga la redundancia. A eso de las 2 y media, consumida ya mi tradicional combinación CAFÉ + CIGARRO que sirve de colofón a toda buena comida, he decidido ponerme a escribir. Transcurridos ya más de nueve días tras mi regreso a las bellas tierras del Maresme, me dispongo a contar, siempre que la memoria me lo permita, los detalles de MI GRAN VIAJE EUROPEO. 

Así pues, y sin más dilación, empiezo con ello:

20 de junio (4:00 a. m. )

Llevo una hora despierto. Sin saber muy bien que hacer consumo mi ultimo cigarro antes de partir hacia el aeropuerto, frente a mi se dibuja la perspectiva de 24 días de viaje. 24 días en compañía de tres mujeres, con sus ventajas y sus inconvenientes.

Nuestro primer destino es, ni más, ni menos que París.

La ciudad de los amantes, de los artistas y de los atentados terroristas (¡Ojo al pareado!). París es un lugar precioso aunque, puestos a elegir, es preferible visitarlo cuando el tiempo es nublado e incluso lluvioso, pues los 37 ºC y el sol de justicia que imperó durante los dos días que allí estuvimos no contribuyen a hacer de la experiencia turística algo demasiado agradable. Un par de horas dando vueltas por Montmartre, con las pesadas maletas a cuestas, nos sirven de introducción a la ciudad. Nos alojamos en una buhardilla cuyo aire condicionado decidió dejar de funcionar días antes de nuestra llegada. Las dos únicas habitaciones del apartamento parecen un horno y nosotros cuatro pollos condenados a asarnos lentamente. Frente a tal perspectiva decidimos dejar las maletas e iniciar nuestro acelerado tour.

Andamos, andamos mucho. El metro es un lujo que no nos queremos permitir. Las calles son anchas, las casas iguales unas a las otras, la vida un ir y venir de gentes sin rumbo. Los parisinos parecen haber olvidado su característica bohemia y, arrastrados por un afán consumista, llenan sus carritos de la compra bajo la fría mirada de la Torre Eiffel. Los artistas callejeros han sido substituidos por militares uniformados y el viejo Moulin Rouge convertido en una simple atracción turística. La magia ha desaparecido.

Descendemos hacia los Campos Elíseos, se bebe vino.


21 de junio

Un nuevo día en París, el último. Tomamos el café más barato. El precio de este maravilloso producto es, por lo que sé, escandalosamente elevado en esta ciudad, así que pagar 1,5€ por un café aguado y rancio (lo que en cualquier otro lugar me parecería un robo escandaloso) podría ser considerado como una maravillosa oferta.


Hoy toca, según me han dicho, visitar la tumba de Jim Morrison en el cementerio de Père-Lachaise. No me apasionan los cementerios, no me apasiona el barbudo de "The Doors" y el mundo en general me da bastante pereza en este glorioso día de junio. Siguiendo la tradición (tradición cuya lógica no acabo de comprender) mis compañeras de viaje dejan un chicle mascado al lado de su tumba. Yo me abstengo. No sé si al bueno de Jim les resultaría demasiado agradable que un tipo como yo dejara restos de mi saliva cerca de su cuerpo yaciente. Quizás sí.. ¿Quién sabe que le gustaba a ese tipo? "Mother... I want to FUCK YOU!!!" aullaba en una de sus más conocidas canciones...

He olvidado comentar que, el cementerio en cuestión, se encuentra allá donde Cristo perdió la alpargata, motivo por el cual el trayecto hacia el Louvre (destino donde vamos a pasar la tarde) dura unas dos horas y media. No puedo quejarme pues, al ser estudiantes, nos permiten entrar gratis al más maravilloso museo que existe sobre la faz de la tierra. Mientras mis compañeras se dedican a corretear por los pasadizos al más puro estilo "Bande à Part" yo me entrego a la contemplación de las obras de Delacroix y Jacques-Louis David. Llega entonces el momento decisivo de mi visita y, con todo el desprecio del que soy capaz, atravieso la sala donde se halla la Mona Lisa sin mirarla ni un solo segundo. Se trata de una especie de acto heroico en oposición al turismo de masas al cual yo también pertenezco. Abstraído, a causa de la belleza que me rodea, pierdo la noción del tiempo, cuando vuelvo en mi ya es hora de marchar. París requiere tiempo, el Louvre más...

Descendemos finalmente a la orilla del Sena donde Martina y Nayana deciden tomar un baño, ilegalidad a la que las autoridades competentes se encargan de poner fin inmediatamente. Tras un breve momento de tensión, los ánimos se relajan y todo queda en una divertida anécdota. Cae el Sol, la Luna se cierne sobre París, en mi mente retumba esa odiosa canción de "La Unión", gracias a Dios no hay ningún lobo a la vista. Mañana partimos hacia a Ámsterdam, pero las lisérgicas historias que allí acontecieron las reservo para otra ocasión.

CONTINUARÁ...



diumenge, 2 de juliol de 2017

"Amelie es una película maravillosa"

Me ha dado por intentar hacer críticas de cine, allí va: 


Hoy he vuelto a ver "Amelie". La he visto en francés sin subtítulos y, debido a mis pésimas habilidades lingüísticas, no me he enterado de una mierda. Pese a ello, he podido recordar lo que sentí la primera vez que la vi. 

Es una película maravillosa, llena de belleza y sentimiento. Con una simple historia de amor, Jeunet consigue transmitirnos toda clase de emociones, y lo que es más importante, consigue mostrarnos la belleza que se esconde tras las pequeñas cosas del día a día, en concreto del dulce sabor del azúcar del café en las yemas de los dedos. Dicho esto, cabe destacar la fotografía, que es de una calidad espléndida, y el maravilloso trabajo de Audrey Tautou en uno de los mejores papeles femeninos jamás vistos. 

En resumen, "Amelie" es una película genial, y quién no sepa apreciarla es un cabrón sin sentimientos ni corazón alguno.

diumenge, 18 de desembre de 2016

Suicida ferroviario

No empezaré esta breve reflexión describiendo el tiempo, la temperatura ambiente o el movimiento de las olas. No describiré el día o estación del año en que suceden estos hechos, pues carece de total importancia. Lo que me dispongo a narrar puede situarse en cualquier momento en que, por fortuna o por desgracia, uno acaba pisando una estación de cercanías o, como lo llaman los nativos "Rodalies".

Es la enésima ocasión en que esto sucede. Como es tradición, una vez a la semana alguien decide acabar con su vida arrojándose a las vías del tren. Siempre ocurre de la misma forma. Tras un rato de inactividad en el servicio, la dulce voz de la chica de megafonía se encarga de anunciarnos una "desafortunada incidencia" acaecida entre las estaciones de Montgat y Montgat Norte. A pesar de eso, la gorda señora ecuatoriana que comparte asiento conmigo y el maloliente perroflauta que se halla al otro lado del andén saben, igual que yo, de que va el asunto.

A diferencia de la mayoría de mis amigos y familiares, nunca he tenido (ni tendré) nada en contra del suicidio. Siempre me ha parecido un acto muy noble y valiente que merece ser respetado. No cabe olvidar que grandes figuras de nuestra sociedad, desde mi querido Larra al payasil Robin Williams, han optado por esta vía y no por ello son menos dignos de admiración. No hay nada malo en ello. Incluso el mítico rey Egeo terminó dándole nombre al respectivo mar griego con su fatídico último acto.

Como decía, Egeo se lanzó al agua salada y, a excepción de sus familiares, amigos y compañeros de orgía (ya se sabe lo que pasaba con esos griegos clásicos), no creo que hiciera daño a nadie. Este no es el caso de nuestro amigo, el suicida ferroviario, que, tras pagar mi caro pasaje de tren (bautizado como T-10 de 2 zonas), me mantiene preso en la lúgubre estación de Premià de Mar. Llevo casi una hora con la mirada fija en un panel insolente que, burlándose descaradamente de mi, proyecta una y otra vez el cruel enunciado: "quedan 15 minutos". Seguro estoy de que mi perverso captor, ¡oh suicida dominguero!, tendrá centenares de motivos para actuar como lo ha hecho. Pero espero que, en caso de que (como afirman los frescos románicos) exista un infierno plagado de demonios cornudos y rojos, estos se encarguen de proporcionarle las más arduas y perversas torturas. No por suicida, sino por inoportuno. 

Yo seguiré esperando...
Que es lo único que me queda.

Joan Simó