dilluns, 29 d’agost de 2016

De leyes y peatones


Pongamos que hay un grupo de gente, peatones, esperando para cruzar la calle. Llamaremos a esa gente “pueblo”. La “ley” nos dice que únicamente debemos cruzar el paso de cebra cuando la luz del semáforo esté en verde. A ese semáforo, que nos indica cuando pasar y cuando no, lo llamaremos “sociedad”. Cuando la “sociedad” funciona correctamente, la luz verde y la roja, se alternan constantemente permitiendo al pueblo seguir con su vida. Unos van y otros vienen. Algunos se quejan de que el tiempo que dura la luz verde es demasiado corto, otros de que es demasiado largo. Pero, en general, todos respetan esa “ley” estipulada. 

Hay veces que, sin embargo, y por los motivos que sea, la “sociedad” no funciona. El semáforo mantiene las luces en rojo, impidiendo al “pueblo” poder cruzar de un lado al otro. En este tipo de situaciones, los coches (conducidos por los ciudadanos más poderosos y adinerados) gozan del poder absoluto. En estas circunstancias al “pueblo” no le queda más opción que someterse a una situación injusta que no le permite prosperar o saltarse la “ley”. Es entonces que esa “ley” deja de tener sentido. Pues cuando la “sociedad” fracasa, toda “ley” se convierte en absurda. Y cuando la “ley” es absurda, el “pueblo” tiene el deber de incumplirla.

Joan Simó

dimecres, 24 d’agost de 2016

PINTORESCOS: Carlos León López


Nos citamos en una bar cercano a su domicilio. Mientras le espero, tomando un café, la señora que se sienta en la mesa de al lado le cuenta a su sobrino/nieto/hijo historias que ha oído en la tele sobre  aquellos a los que torpemente llama “aluminatis”: <<Muchos famosos están meti’os en eso. El cantante ese, el Prince iba a Mallorca a celebrar rituales satánicos con ellos>>. Esta perturbadora, a la vez que irrisoria, conversación sirve de antesala a lo que vendrá a continuación... 

Hace tiempo que no veo a Carlos León (Barcelona, 1998). Íbamos juntos a Judo pero, por diversas circunstancias, perdimos el contacto. Ahora, tres o cuatro años después nos reencontramos para que me hable de lo que él denomina “El Nuevo Orden Mundial”. Yo, escéptico de por sí, nunca he sido demasiado amigo de las teorías conspirativas que pueblan la red. Eso no quita que mi curiosidad gatuna se muestre más que dispuesta a pasar un buen rato disfrutando de alguna de estas intrincadas historias. ¿De qué irá el cuento esta vez? ¿Masones? ¿Extraterrestres? ¿Sectas Satánicas? Un poco de todo…
Llegamos a su casa y antes de empezar escuchamos un poco de música. No es lo que me esperaba. Al encender el reproductor de música de su televisor no suena la sintonía de “Expediente X”. La voz de Joan Manuel Serrat retumba por todos los rincones del piso. Fumamos algunos cigarrillos y cantamos a coro. El punto  álgido llega cuando, al unísono, recitamos de memoria “És quan dormo que hi veig clar”. Castellanoparlante de toda la mida me confiesa <<Hablo mejor el catalán desde que escucho a Serrat>>. Liándose el tercer cigarrillo lamenta que la gente de nuestra edad no aprecie la música del “Noi del Poble-sec”. <<A Serrat no hay que oírlo, hay que escucharlo>>. Seguimos así un rato hasta que nos decidimos a empezar con la entrevista. Entre canción y canción me ha comentado algo sobre un empresario judío estadounidense de nombre Rothschild.

¿Quién son los Rothschild?
Una de las familias de banqueros judíos que gobierna el mundo. Como los Rockefeller o los Soros.

¿Gobiernan el mundo?
Sí, desde 1743, cuando el judío asquenazí, Amschel Moses Bauer, creo la dinastía en Frankfurt.

¿Asquenazí?
Son aquellos descendientes de los jázaros que, tras convertirse al judaísmo, emigraron a Europa Central. Nada que ver con los nazis ni con Hitler.

¿?
Los Rothschild empezaron con préstamos de usura y acabaron acumulando un gran capital. Su local en Frankfurt era famoso por el cartel en forma de escudo rojo que colgaba en su puerta, de ahí “Rothschild” (escudo rojo en alemán).

¿Y de ahí a “gobernar” el mundo?
Repartió a sus cinco hijos por las diversas cortes europeas. Gracias a sus contactos llegaron a acumular un gran poder. Llegando incluso a obtener títulos nobiliarios. Y desde entonces hasta ahora…  

Todo esto empieza a sonar un poco antisemita…
No. No tengo nada contra los judíos de a pié. Los que gobiernan el mundo son aquellos que están metidos en las altas finanzas. Muchos de ellos masones.

¿Masones?
 Sí. Su objetivo es acabar con la Iglesia Católica.

¿Cómo se acaba con eso?
Con la migración masiva, la sociedad del consumo y el libertinaje.

La conversación va degenerando, y la cuestión es cada vez más enrevesada. Los millonarios judíos, Al-Qaeda, la CIA, Obama y unos extraños seres supuestamente llamados reptilianos conspiran para acabar con nosotros. Visto lo visto, acabo pensando que, si quieren borrarnos del mapa, le harán un favor a este planeta. Pasado un rato decido apagar la grabadora y volvemos a temas más mundanos. Entre risas y banalidades varias nos pasan un par de horas. Escuchamos una última de Serrat. Nos despedimos y, al salir a la calle, decido olvidarme de este intento de entrevista. “Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así…”


Joan Simó

dimarts, 23 d’agost de 2016

"Beyond the Sea"

Finales de Agosto. La ciudad sigue muerta. Mientras los últimos rayos de luz huyen arrepentidos, el verano se va agotando.  Es un deterioro constante, sin prisa, sin pausa. La rutina, que tan lejana llegó a parecer,  yace escondida a la espera de dar el golpe definitivo. Y Setiembre prepara ya su triunfal regreso. 
Son días de confusión. El clima intenta, desesperado, guardar las apariencias. El Sol sigue abrasando las mañanas, pero las noches han dejado ya a un lado ese mágico el calor de antaño. Nadie sabe a dónde se dirige. Son muchos los que, al igual que sus cigarrillos, deciden consumirse en las terrazas de los bares. Solo esperan a que pasen las horas, una tras otra. Quizás vayan a la playa. Quizás no. Nada es seguro por estas fechas. Aquí, en la costa, todo huele a sal. A sal y a arena. A playa. Un poco a crema solar, también a sudor. Y a hastío, a frustración.

Es en estos días en los que yo, inocente de mí, tiendo a ponerme nostálgico. No sé muy bien porqué. No hay un motivo razonable, pero no puedo evitar ver con cierto cariño los antiguos y fríos días de invierno. Aquél tiempo en que la terraza deja de ser un lugar deseable para pasar las tardes y busco cobijo entre los pliegues de mi destartalado sofá. Cuándo esos ansiados días lleguen, allá por diciembre, ya tendré tiempo de echar en falta el verano. No puedo conformarme con lo que ya tengo. Es ley de vida…

Joan Simó

diumenge, 26 de juny de 2016

My Syrian Week

Hace ya varios días que regrese de mi primer viaje. No era la primera vez que salía de casa solo, pero a mis anteriores excursiones al extranjero no me atrevo a clasificarlas como viajes. Al llegar al aeropuerto de Girona el lunes por la noche, aún no era capaz de asimilar lo que he estado viendo durante la última semana. El que haya leído “El Corazón de las Tinieblas” de Joseph Conrad o visto la maravillosa “Apocalypse Now”, recordará, sin duda, aquél famoso pasaje en que Kurtz repite susurrando <<¡El horror! ¡El horror!>>. Pues esos mismo paso por mi cabeza en el momento que pisé el campo de refugiados de Frakapur (Tesalónika).


El que lea esto debe pensar que exagero, y quizás sea verdad. Las cosas cambian mucho dependiendo de quién sea el que las vea, ya lo dijo Calderón muchos años atrás y no creo que sea necesario insistir demasiado en ello. Las noticias, que día a día nos llegan a través de los medios de comunicación, ayudan a crear una idea muy equivocada de la realidad en estos lugares. A diferencia de lo que se nos hace creer, ni los refugiados pasan hambre, ni los militares griegos son monstruos que se dedican a maltratarlos. Eso no quita que la realidad de los que habitan en estos lugares sea indigna y denigrante para con los derechos humanos. A parte del pestilente olor que puebla cada uno de los rincones de ese inhóspito lugar, de las insalubres condiciones higiénicas y de la tensión general que puebla el ambiente, está la incertidumbre respecto a un futuro que no parece demasiado esperanzador. Tras mucho tiempo, primero en Idomeni (donde la situación me cuentan que era mucho peor) y ahora en los campos militarizados, toda idea de una vida mejor en Europa, ha empezado a desvanecerse. Los días pasan largos, cálidos y monótonos. Las noches son terribles, acechadas  por el miedo a los crueles mosquitos, que aprovechan cualquier ocasión para acribillar a todo lo que se ponga por delante, cebándose especialmente con los niños. Mientras tanto, Europa hace oídos sordos y los refugiados de Frakapour matan las horas fumando y jugando a cartas, en el caso de los hombres, y haciendo labores domésticas, en el caso de las mujeres. Y así estamos una semana, condenados a la nada más absoluta. Llega un momento en que te sientes como uno más, bebes el té con ellos, te invitan a cigarrillos. Lo mismo día tras día: el calor, el aburrimiento, la comida en mal estado. Te acaba por quitar las ganas de vivir. Sientes que te ahogas al bañarte en la piscina y pensar que mañana vas a volver a ese infierno. Es gracioso porque, en el fondo, me recuerda a cuando hacía primero de ESO.
Al dejar el campamento mis compañeros lloraban como madalenas. No los juzgo. No puedo juzgar a nadie por llorar, es lo más lógico. Quizás yo también debería haber llorado, pero no pude. No sentí pena por aquella gente, me recordaban demasiado a mis familiares, a mis amigos, a mí mismo. A parte de los muchos kilos que la intensa diarrea me ha hecho perder, algo ha cambiado en mis adentros. Llevo días levantándome preso de un sobrecogedor vacío. Un vacío que me ata, me apresa, juega conmigo… Nada arece valer demasiado la pena por el primer mundo…

Joan Simó

diumenge, 5 de juny de 2016

Gervasio Sánchez: "He conocido a muy poca gente que prefiera morir antes que matar."

Foto: Gervasio Sánchez. "Jugando con paraguas". Sierra Leona, África. Mayo 1996



Es una de esas tristes tardes de invierno cuando, a las cuatro y media de la tarde decido a llamar a Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959). Tras conocerlo en la exposición que celebraba del uno de octubre al siete de febrero en la biblioteca Tecla Sala de Hosiptalet de Llobregat, consigo ponerme en contacto con él y acordamos la fecha de lunes 28 de diciembre para realizar la entrevista. Estoy  un poco nervioso, no se habla cada día con un fotógrafo de guerra, alguien presente en momentos tan crudos como el sitio de Sarajevo. 
Pese a mi absoluta inexperiencia en el mundo del periodismo, la conversación, de cerca de media hora, es como una mina repleta de diamantes y grandes reflexiones de este imprescindible personaje.

¿La guerra es inherente al hombre?

El hombre ha sido incapaz de vivir sin ella desde tiempos inmemoriales. Siempre ha habido guerras... Hemos creado obras de arte impresionantes, curas para las peores epidemias, pero no hemos podido acabar con la guerra. No hay vacuna para la violencia.

Podemos ignorar la guerra
Obviar la guerra es un acto de irresponsabilidad. Ignorarla significa no asumir el fracaso que supone. Mi trabajo se basa en eso: ir a los sitios, contar lo que ocurre, mostrarlo y que cada uno saque sus conclusiones.

¿Es este un mundo violento?

Un mundo muy violento, solo hace falta ver lo que está pasando en estos momentos. Estamos en el periodo de la humanidad con más millones de refugiados, millones de personas que ni tan siquiera están su país. Nunca había habido tanta gente refugiada en la historia. Vivimos en un momento muy difícil y la UE no está haciendo mucho por solucionar, ayudar o disminuir los problemas de las personas que huyen de las guerras y los conflictos de sus países.

Pero cada vez somos menos crueles. ¿No?

No lo creo. La crueldad sigue siendo una forma de actuar que en la guerra y en el día a día. Hace que muchos seres humanos se conviertan en verdaderas bestias.

¿La gente disfruta matando?

En Bosnia he visto a gente matar delante de mí y no parecían arrepentirse. Muchos disfrutaban de ese poder que dan las armas. 

Siempre hay monstruos…

Los que matan no son monstruos. Si sólo mataran los monstruos, estaríamos todos salvados porque ni tú, ni yo, ni mi hijo, ni mi padre somos monstruos. Los que matan son personas normales y corrientes que en otras circunstancias no matarían.

¿Hay bondad en el hombre?

He conocido a muy poca gente que prefiera morir antes que matar. La mayor parte de los humanos prefieren sobrevivir, y, si tenemos que matar, matamos. Es muy fácil decir: “Yo no mataría”. No  matarías en Barcelona, en Madrid o en Zaragoza, porque no hay una guerra. Somos débiles y cobardes, es importante tenerlo en cuenta.

¿Todas las guerras se parecen?

Las causas son distintas, pero los comportamientos son parecidos. Ha habido pocos cambios en la forma de matar. Hace 80 años no se grababan las ejecuciones, pero las atrocidades eran las mismas.

¿Puede comprenderse su horror sin haberla vivido?

La guerra es imposible de narrar, de mostrar, si no la has vivido. La guerra no dura ochenta líneas en un periódico, ni un fotograma, ni una fotografía. La guerra dura las 24 horas de los 365 días de los años, de las décadas, que dura. Las guerras no se acaban cuando se firma la paz. Las guerras acaban cuando sus consecuencias se han superado. A veces pasan años, a veces siglos, a veces, simplemente, no acaban. 

¿Lo ha comprobado?

Me gusta volver a los sitios después de que la guerra haya acabado oficialmente. Cuando he vuelto a Serbia o a Sierra Leone me he encontrado con gente que aún busca a sus familiares desaparecidos, pueden haber pasado veinte años, pero la guerra sigue allí.

¿Tendimos a olvidarnos de ellas una vez han acabado?

Creo que sí. Y es uno de los principales problemas, el olvido. Los estudiantes deben conocer la historia de su país, saber lo que ocurrió. Hoy día cualquier joven ve lo que pasa en Siria como algo brutal, pero se olvidan de que aquí en España tuvimos una guerra civil comprable, terriblemente violenta. Se hicieron auténticas barbaridades y por parte de los dos bandos. Las ejecuciones extrajudiciales, los asesinatos, las torturas,  y las violaciones sistemáticas de los derechos humanos fueron una constante. Eso paso aquí: en Barcelona, en Tarragona, en León, en Madrid, cerca de nuestras casas. Pero parece que no nos acordemos.

¿Y la guerra civil? ¿Ha terminado?

No, sus consecuencias no se han superado. En junio hará 80 años del golpe de estado del 36, Franco lleva ya 40 años muerto y seguimos teniendo un gravísimo problema con las miles de fosas comunes sin desenterrar. Hemos sido incapaces de desarrollar un proyecto político común capaz de encontrar una solución para este problema.

¿Tiene esperanzas?

La cosa va a seguir muy fea durante mucho tiempo. No soy futurólogo, pero no creo que el mundo vaya a ser un lugar mejor dentro de veinte años. La guerra es un gran negocio, hay mucha gente que le saca beneficios y será muy difícil acabar con ella. Somos egoístas y egocéntricos, solo nos preocupamos de las guerras cuando las sufrimos directamente.

No le veo optimista…

Soy realista, en treinta años no he visto ninguna mejora, incluso la situación ha empeorado. Hubo una esperanza con la caída del muro de Berlín, pero el tiempo ha demostrado que nos equivocábamos.


Joan Simó

dimecres, 13 d’abril de 2016

Pez urbano

Supongo que es difícil de contar... Tocaron las dos y allí estaba. Náufrago, como aquél solitario cubito de hielo que flota, sin rumbo, en el baso de Coca-cola. Había optado por resguardarme en un cajero automático. No era el lugar más cómodo del mundo, pero, ante ese frío e omnipresente aire que poblaba las esquinas, servia de buen refugio. 

Frente a mi, Audrey Hepburn, cigarrillo en boca, ventilándose paquete y medio por noche y mirándome con esa cara que solo ella sabia poner. Nunca acabe de comprender que hacia ahí, tampoco quise preguntar. Era como una de esas películas antiguas que solía ver los domingos lluviosos. Desayunamos con diamantes, frente a ese escaparate. Seguimos en ese lugar por mucho tiempo, distantes, congelados, aturdidos. No hubo canciones, ni besos, pero éramos felices. Como peces en la ciudad. 

Joan Simó

diumenge, 27 de març de 2016

Domingo de Resurrección


II


Cristo resucitó un domingo. ¡Ave María Purísima! Era marzo. Ese mismo día cambiaron la hora. “A las dos serán las tres”, decían. Yo dormí menos. Y me desperté hecho un asco, como siempre.
Traté de escribir algo, pero no supe qué. Me quede un rato pensando. Mente nublada. A eso de las cinco fui a dar un paseo. Unos amigos me esperaban en la estación. Hacía bastante Sol, el verano acechaba tímidamente. Tropecé en mi camino con un anciano. Un viejo relativamente desagradable. Tenía algo extraño. Algo que no supe reconocer hasta que vi lo que traía entre manos. Agarraba con fuerza algo pequeño y grisáceo. Un pequeño gusano que acabé por identificar como su pene. El hombre, sonrisa desdentada en boca, había decidido sacar a pasear su rabo a la vez que lo movía arriba y abajo. Parecía de lo más normal. Cuando estas cosas suceden, generalmente en una de esas comedias cutres, a alguien, normalmente el protagonista, se le ocurre alguna genialidad. Un comentario divertido, espontaneo, incluso gracioso. Pero esto no es una película. El tipo siguió pelándosela y yo marché, tampoco me pidió que le ayudara en su tarea.

Se lo conté a mis amigos, nos reimos un rato. Quizás estemos todos un poco locos.

Buenas Noches.

Joan Simó